Casas de comidas históricas que no han tocado un ingrediente de sus recetas en décadas, templos para carnívoros que dejan que sea el tiempo el que transforme sus piezas antes de darles un garbeo por la brasa, mesas informales con menús que no llegan a 40 euros por barba o bares de tapas que van un paso más allá en las elaboraciones se mezclan con naturalidad en el palmarés con los referentes archiconocidos de la alta cocina.
Se le pueden achacar muchas cosas a la guía Repsol que se ha presentado esta semana en Santa Cruz de Tenerife –decisiones cuestionables, mesas muy dispares equiparadas en rango u olvidos que contrastan con honores apresurados– pero no que no refleje la diversidad del sector hostelero en este país.
El sistema tiene sus fallas, por supuesto, como ver en la misma categoría a mesas que hacen un esfuerzo económico, creativo y de servicio muy distinto –es lo que tiene tratar de cuantificar con tres cifras la riqueza de una experiencia gastronómica–, pero lo que impera en la decisión final parece ser la capacidad del restaurante para contentar al cliente, sea con creaciones de alta cocina o con un plato de alubias.